domingo, agosto 18, 2019
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Encontrar soluciones efectivas para la emergencia climática es un imperativo absoluto y los vehículos eléctricos tienen un papel fundamental en desempeñarlo. Pero, ¿qué tan sostenibles son este tipo de vehículos?

El interés por los vehículos eléctricos ha crecido de forma significativa en muchas partes del mundo y, tal como hemos comentado en el blog, muchas ciudades ya han puesto en práctica políticas públicas y planes para reducir los coches diésel en los centros urbanos. Pero a la vez, resulta preocupante el creciente uso de pequeños vehículos eléctricos (como los patinetes, segways, scooters y bicicletas) que han irrumpido con fuerza estos últimos años. Con apenas una batería recargable y alcanzando una velocidad de unos veinte kilómetros, son muchos los que prefieren desplazarse de una manera más rápida por la ciudad usando esta nueva modalidad de transporte; parece como si el hábito de andar o usar el transporte público fuese una práctica del pasado…

Definitivamente los vehículos eléctricos son, por ahora, la respuesta que necesitamos para conseguir una movilidad verde y limpia, pero es necesario replantearnos el modelo de transporte que verdaderamente necesitamos si realmente queremos contribuir en la construcción de una mejor ciudad. El fenómeno de la micro-movilidad está en auge y muchos se decantan por este tipo de vehículos porqué se promocionan como “vehículos no contaminantes”; pero, ¿es del todo cierto?

El transporte eléctrico tiene ventajas evidentes ya que emiten menos CO2 en la atmósfera, reducen la contaminación acústica y mejoran la calidad del aire. Pero, entre una bicicleta convencional y una eléctrica, ¿por qué muchos se decantan por la segunda siendo la primera 100 % más limpia?

Los vehículos eléctricos llevan consigo serias preocupaciones tanto medioambientales como de violaciones de los derechos humanos en la industria. Uno de los factores preocupantes en su cadena de distribución es el cobalto, un componente de las baterías de ion-litio usadas en los vehículos eléctricos, relacionada tanto con la explotación infantil (ya denunciada recientemente por Amnistía Internacional) como con la extracción del suelo de níquel que resulta muy tóxica, especialmente afectando zonas de Asia y Sudamérica. Además, cabe destacar que las baterías de ion-litio son finitas, es decir, tienen un suministro limitado; desde el mismo momento que se fabrican y conforme se van utilizando, su vida útil comienza a agotarse en unos dos años. El proceso de reciclaje de estas baterías, tarde o temprano, tendrá sus repercusiones ambientales y, ¿sabemos qué hacer con estas baterías una vez se estropeen?

Muchas contienen materiales pesados y compuestos químicos muy perjudiciales para el medioambiente. El reciclaje de estas baterías de ion-litio es un proceso muy complejo y, según la organización Friends of the Earth, de todas las baterías de litio que salen al mercado en la Unión Europea, solo se recicla un 5 % de ellas, la mayoría terminando en incineradoras y vertederos. De hecho, aún se está trabajando para buscar una forma limpia a nivel medioambiental para reciclarlas.

Técnicamente, la huella ecológica de una bicicleta eléctrica es mucho más pequeña que la de un coche o motocicleta con motor a combustión y, evidentemente, el coche eléctrico siempre será una mejor opción frente a un coche no-eléctrico. Pero, es importante destacar que reemplazar el coche convencional por uno eléctrico no es una solución efectiva. Debemos tener en cuenta que los coches eléctricos seguirán utilizando el mismo espacio para carreteras, zonas de aparcamiento e infraestructuras que no dejarán de ser un problema crítico para las ciudades.

Puede que este auge por la micro-movilidad eléctrica sea solo una fase transitoria para encontrar una solución de transporte limpia, que ayude a promover un cambio de mentalidad colectivo para no depender del vehículo de motor. No se trata solo de combatir el problema medioambiental relacionado con el transporte sino también en mejorar la calidad de vida de los habitantes de la ciudad, recuperar los espacios verdes y abiertos para promover el disfrute, el contacto con la naturaleza, la interacción y la cohesión social. En la actualidad, parece que prime más el uso eficiente del tiempo que la construcción para una ciudad más saludable.

Si queremos vivir en una ciudad saludable, los vehículos eléctricos individuales (como patinetes y bicicletas) contribuyen al sedentarismo urbano pues no promocionan la actividad física. Quizá sea necesario invertir en sistemas de transporte colectivo limpios, rápidos y eficientes, retomar el andar como una práctica diaria necesaria, y buscar soluciones más verdes para promover un diseño urbano de calidad.

Sin duda, los vehículos eléctricos son una solución tecnológica de rápida implementación que mejoran la calidad el aire, pero no debemos olvidar que el objetivo esencial es construir y diseñar mejores ciudades: de calidad, amigables y saludables. Quizá este sea el momento para replantearnos qué movilidad queremos para el futuro de nuestras ciudades.

 

Ver más: El País

 

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